Los artistas del hambre fueron toda una sensación a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Detrás de un nombre tan evocador se escondía algo muy concreto:

Hacer del ayuno un espectáculo.

De ciudad en ciudad, bajo la carpa de un circo, estos artistas se exhibían ante un público ingenuo y morboso.

Por supuesto, el fraude estaba presente, pero también había casos comprobados que saltaban a la fama.

Médicos, periodistas, pueblo llano… Todo el mundo se interesaba por sus proezas y extravagancias.

Su espectáculo se limitaba a algo tan sencillo como no comer durante semanas y mostrarse al público en su día a día.

40 jornadas sin comer. 44, 54… Los artistas del hambre rivalizaban entre sí y batían récords como auténticas estrellas.

Algunos nombres han trascendido hasta hoy como los de Giovanni Succi o Max Michelly, e incluso llegaron a inspirar a Franz Kafka en uno de sus relatos.

Y es que detrás de la frivolidad de los artistas del hambre puede que se escondiera algo mucho más profundo. Al menos así lo entiende el ensayista Fernando González, quien los presenta como un nexo entre los antiguos ascetas y los artistas contemporáneos de performance.

Sea como sea, entrado el sigo XX la fama de estos espectáculos cayó en picado. Y los que antes eran objeto de todas las miradas, ahora pasaban desapercibidos o eran vistos como simples bichos raros.

Irónicamente, muchos de estos artistas murieron de hambre años después. Solos y en el olvido. Recordando épocas pasadas en las que no comían porque así lo decidían. Y no, porque no podían.

Espectáculo, arte y fraude.

Misticismo y desafío.

Todo esto —corazón y estómago— tenían los artistas del hambre.


Llorch Talavera


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