Se llamaba Anton Maiden y se lo llevaron por delante.

Era un buen chico; un adolescente tímido y fanático de Iron Maiden.

Su inocencia y su pasión lo llevaron a grabar versiones de sus ídolos… Y ahí comenzó el desastre.

Sus canciones se hicieron famosas de inmediato, y no por su calidad.

Al principio pensó que tanto revuelo era auténtico, pero al final comprendió que todo era una gran burla.

Demasiado para un chico como él… Y un día de 2003 acabó con su vida.

Simplemente no soportó la verdad: Que nadie lo tomara en serio.

Pero lo cierto es que toda esa gente que lo machacó ha quedado en el olvido…

Y Anton Maiden y su recuerdo siguen vivos y cantando sin miedo.


Llorch Talavera


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