Resulta difícil de comprender.


Pero el karōshi existe.


Y no se trata de un tipo de sushi.


O de un licor de arroz.


Sino de la muerte por exceso de trabajo.


Al menos así lo llaman en Japón.


Un país donde el trabajo es sagrado.


Y donde este tipo de muerte se ha hecho casi habitual.


Se ha convertido en un problema de primer orden. 


Económico, social y, por supuesto, moral.


¿Y cómo llega una persona a morirse por exceso de trabajo?


Fundamentalmente por derrames y ataques cardiacos.


Y si lo piensas, en el fondo es lógico.


Si pones la máquina a tope demasiado tiempo al final acaba saltando por los aires.


Y esto ocurre siempre.


Ya sea una Thermomix, un Renault 5 o un pobre becario.


¿Pero cómo carajo se llega a esta situación?


Pues por inercia.


Por entrar en el bucle.


Y por caer por el tobogán sin manos.


Si lo piensas, esto también es lógico:


Si haces 100 horas extras un mes tras otro, tu mente deja de funcionar con lucidez.


El cuerpo se arrastra.


Y entras en una dinámica de autodestrucción.

Así un día tras otro hasta que por fin tu corazón dice «Hasta luego, Lucas».


Y se apagan las luces.


Los ojos se entornan.


Y tu cabeza se derrumba sobre el ordenador.


Dejando atrás esta vida… Y lo que es peor, dejando el dichoso informe sin terminar.


El Gobierno japonés ya reconoció esta situación en los años ochenta.


Y actualmente destina una gran cantidad de dinero a pagar compensaciones.


De hecho, hay un escalón aún más triste y absurdo (y que también reconoce y que también compensa):


El karojisatsu.


O sea…


El suicidio por exceso de trabajo.


—sin comentarios—


Y es que es inevitable pensarlo…


¿Cómo se puede llegar a este extremo?


¿Cómo el estrés puede alcanzar tales niveles de tiranía?


Y lo que es más importante:


¿De verdad vale la pena?


En Japón no tienen una respuesta clara.


Y aquí, el rotundo NO se va difuminando poco a poco.


Pero no hay que dejarse vencer.


Y hoy más que nunca toca luchar con uñas y dientes por el descanso.


Por el ocio y el disfrute.


Por la vida al fin y al cabo.


Yo, por lo pronto, voy a apagar el portátil.


A darme un garbeo y echarme una caña.


—con pollo teriyaki de tapa, que se me ha antojado—


Y es que si me muero mañana…


Que me pille alegre y sin ojeras.


Llorch Talavera


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