Giordano Bruno molaba.
Y molaba mucho.
Cada vez que hablaba subía el pan.
Y esto lo obligó a llevar una vida errante.
Porque en todos sitios se escandalizaban con él.
Y de todos sitios lo echaban.
Filósofo, poeta, matemático, teólogo…
Sacudió la segunda mitad del siglo XVI hasta que la Iglesia Católica lo achicharró.
—para variar—
Y lo quemó por hereje.
Por pensar diferente.
Y por no callarse.
Porque —aparte de ser un genio— Giordano Bruno era un cabezón de tomo y lomo.
Pocas personas en la historia han tenido tanta clarividencia.
Y muy pocas se han adelantado tanto a su tiempo.
Defendió el heliocentrismo, la infinitud del universo y el movimiento de los astros.
Y además, proclamó lo que quizá resulte más asombroso:
La pluralidad de los mundos y los sistemas solares.
¿Y qué quiere decir esto?
Pues que este loco genial ya habló en pleno Renacimiento de la vida extraterrestre.
—así como suena—
De la posibilidad de otros mundos y otras civilizaciones.
De que quizá la humanidad no esté sola en el Universo.
Por supuesto, este cúmulo de ideas lo llevaron al Tribunal de la Inquisición.
Y puedes imaginarte el revuelo que causó.
Hablamos del siglo XVI.
De una época en la que aún se discutía si la Tierra era o no el centro del universo.
En la que mandaba el señor Papa.
Y en la que la sociedad era casi tan ignorante como ahora.
—no había televisión, pero sí, mucho sermón—
Giordano Bruno fue acusado de herejía, blasfemia e inmoralidad.
Pero él no se retractó.
No le dio la gana.
Y es que era tan valiente como insensato.
Llegó antes que Galileo, Newton, Hawking y Sagan.
Y marcó el camino a seguir.
Como otros muchos hombres de ciencia murió en la hoguera.
Y es que las sotanas matan lo que no comprenden.
Pero antes de convertirse en cenizas y leyenda, Giordano dejó un último guiño para la historia.
Una ultima aportación a la Enciclopedia de Zascas Universales.
Ocurrió en el juicio.
Allí los inquisidores lo declararon herético, impenitente y obstinado.
—razón no les faltaba—
Y llenos de dudas y mala conciencia, lo sentenciaron a muerte.
Pero el bueno de Giordano no se inmutó, los miró fijamente y se despidió con estas palabras:
«Tembláis acaso más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla».
Por supuesto, sus jueces no supieron qué decir y tan solo pudieron agachar la cabeza.
Y es que ya te lo decía…
Giordano Bruno molaba.
Molaba mucho.
Era genial y extremadamente valiente.
Y además, estaba muy, pero que muy loco.
Llorch Talavera
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