Ser una persona optimista está bien.
Y ser positiva, también.
Pero hay que tener cuidado.
Porque si te pasas de frenada puedes perder la perspectiva.
Y lo que es peor…
Puedes resultar cansina.
Esto es lo que le ocurre a las personas que padecen el Síndrome de Pollyanna.
Su cerebro procesa con excesiva precisión la información agradable frente a la desagradable.
Distorsionan la realidad.
Se muestran incapaces de ver el lado negativo de la vida —que haberlo, haylo—.
Y esto, al fin y al cabo, les impide enfrentarse a los obstáculos con que se encuentran.
El nombre del dichoso síndrome procede de la novela Pollyanna, escrita en 1903 por Eleanor H. Porter.
En ella, una niña que recuerda sospechosamente a Heidi queda huérfana y es enviada a vivir con su tía, la cual —por supuesto— tiene muy mala leche.
A partir de aquí, la pequeña Pollyanna se enfrenta a un entorno hostil con una actitud de exacerbado optimismo.
Mirando el mundo con un ojo cerrado…
Empeñada en ver solo el lado bueno de las cosas y las personas.
Y la cuestión es que esta actitud resulta contagiosa y al final todo el mundo se empapa del buen rollo de la criatura.
Y es que como te decía al principio, ser optimista está muy bien.
Desde luego es preferible irse de cañas con una persona así que con otra que solo sabe refunfuñar, quejarse y maldecir (hola redes sociales).
Y sí… Una puede resultar cansina, pero la otra es simplemente agotadora.
Y no… No queremos irnos de viaje con ninguna de las dos.
Sin duda, el Síndrome de Pollyanna es muy particular.
Contradictorio, incluso.
Llama la atención que una actitud que se vende como algo positivo (tan solo hay que ver la infumable publicidad que nos rodea), pueda dejarte fuera de juego.
Incapaz y sin recursos…
Deformando el pasado y el futuro.
Y, por tanto, haciéndote carne de cañón para la nostalgia y la frustración.
Ay, bendito equilibrio…
Tan evidente y tan difícil de alcanzar.
Y es que el optimismo y el pesimismo pueden resultar igualmente destructivos.
¿No será mejor dejarse llevar?
Sea cual sea tu actitud —y te guste o no—, al final la vida te dará en la cara con la mano abierta.
¿Con una bofetada?
¿O con una caricia?
Todo se andará.
Llorch Talavera
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