Tamerlán El Grande.
El Poderoso.
El Destructor… y El Loco.
Tamerlán vivió en el siglo XIV.
Y se dedicó a sembrar el terror en Asia Central.
Sucesor espiritual de Gengis Khan, dedicó su vida a conquistar, saquear y asesinar todo lo que encontró a su paso.
Era un líder militar y político sin escrúpulos.
Un fanático con sed de sangre y con hambre de poder.
Hasta aquí, bien… Nada nuevo bajo el sol.
La historia nos ha dado muchos ejemplos como este.
Ejemplos que se han limitado a la destrucción y el saqueo.
Sin embargo, la grandeza de Tamerlán —y su maravillosa extrañeza— va mucho más allá…
Reside en su bipolaridad.
En su locura y su genialidad.
Y es que cuando Tamerlán no estaba arrasando, estaba creando.
Y cuando no estaba arengando a sus guerreros, estaba conversando con algún sabio.
Él era así, un cúmulo de contradicciones que abarcaban lo mejor y lo peor de la especie humana.
Una mezcla imposible entre Atila y Lorenzo de Médici.
Padre de la imponente ciudad de Samarcanda, cuidó personalmente de cada detalle en su construcción.
Y no permitió que nada mermara su esplendor.
Y, por supuesto, que nadie la deshonrara.
Se rodeó de eruditos, protegió a artistas, agasajó a poetas…
Y siempre, con un ojo puesto en el campo de batalla.
Con una mano acariciaba el Arte.
Y con la otra, golpeaba la Guerra.
Iluminaba allá donde posara su lado luminoso.
Y arrasaba donde mordiera su lado oscuro.
En sus campañas militares no había escapatoria.
Y quizá —solo quizá— tenías una mínima opción de sobrevivir si gozabas de algún talento…
Por supuesto, él juzgaba y él decidía.
Amor y odio.
Guerra y paz…
Pocas personas han dejado para la posteridad un legado como el suyo.
Tan terrible y extraordinario.
¿Valió Samarcanda el precio de tantas vidas?
¿Compensó Tamerlán tanto dolor?
Y lo más importante:
¿Alguien sabe cuántas personas equivalen a una obra de arte?
Me temo que nadie tiene la respuesta.
Llorch Talavera
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