Los nazis estaban flipados.


De eso no hay duda.


Pero también hay que reconocer que con ellos cualquier historia resulta más interesante.


Cine, literatura, leyendas urbanas… Desde Indiana Jones hasta Led Zeppelin.


Con ellos todo es más interesante.


Porque estaban como una regadera.


Y eran excesivos.


Y se creían sus propias tonterías.


Si mezclas su gusto por la pseudociencia, su pasión por lo sobrenatural y su sentido estético, el resultado es demoledor.


Y es que ya te lo decía antes:


Los nazis estaban flipados.


Y eran una máquina de gestar guiones e inspirar historias.


Quizá una de las más significativas —y ridículas— sea la del Bovino de Heck.


Es decir, el intento de dos científicos nazis de rescatar al extinto —y mítico— uro europeo.


¿Y eso qué es?


Pues nada menos que un toro gigantesco de tonelada y media, y casi dos metros de altura.


Imagínate a los padres de la criatura:


Los hermanos Lutz y Heinz Heck.


Casi nada.


Dos nazis chiflados con bata y greñas blancas —entre estiércol y probetas— gritando eso de Nain, nain, nain.


En mi humilde opinión, la postal no tiene desperdicio.


Y es que, por más que lo intentaron, el resultado fue lamentable.


Cogieron de aquí y allí.


Agitaron y no removieron.


Cortaron y pegaron…


Pero nada.


Y lo que debía ser un imponente bovino de enorme cornamenta resultó ser poco más que un buey.


Y además, con un tornillo flojo…


¿Por qué?


Porque además de estar escuchimizado, el pobre tenía muy mala leche…


Más de lo normal.


Imagino que la criatura estaba frustrada por saberse indigna de su famoso antepasado.


—el gran héroe de guerra—


Así que acabó cansándose de tanta crítica y menosprecio.


Y optó por cornear a todo lo que se moviera —ario o tibetano— y seguir su propio camino.


Una parte de la comunidad científica aseguró al verlo que aquello era una maldita broma.


Y la otra, que el destrozo no era para tanto.


Imagino que aquí —como siempre— también influiría la política…


Pero sea como sea, el pobre Bovino de Heck —también como siempre— se quedó solo y abandonado en medio del fuego cruzado.


Sin comerlo ni beberlo.


Y ni mucho menos entenderlo.


Al fin y al cabo él no había pedido que lo crearan…


Él estaba tan a gusto retozando en el caldo primordial.


Sin los problemas típicos de la existencia.


Y con la única preocupación de pastar tiempo y espacio.


Pero nada… ahí quedó para la posteridad rodeado por la maldita humanidad.


Un Ecce Homo de Borja en versión animal.


Una mala broma de laboratorio…


Una nueva idiotez, al fin y al cabo, de los incansables nazis.


Y es que —esto lo sabe todo el mundo— estaban como unas maracas.


¡Larga vida al Bovino de Heck!


Llorch Talavera


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Blog DONDODO - Los nazis y el pobre Bovino de Heck