¿Dónde carajo están los extraterrestres?
Con estas palabras —un poco más elaboradas— el físico Enrico Fermi dio vida en 1.950 a su famosa paradoja.
Estaba de cháchara con sus coleguitas físicos (todos con bata blanca, gafas y vida sentimental penosa) cuando de repente se le encendió la bombilla.
«Vamos a ver… —dijo— Si el universo es enorme, gigantesco, inconmensurable…
No podemos estar tan solos.
Ni tan tristes.
Las cuentas no me salen…
¿Dónde se han metido las demás civilizaciones?
¡Mike!… Me apuesto mi calculadora Casio a que aquí hay algo que falla».
La cosa fue más o menos así.
Aún no había calculadoras Casio y no sé si habría algún Mike por ahí, pero esta es la esencia.
La cuestión es que efectivamente las cuentas no salen.
Y de eso trata la Paradoja de Fermi:
La contradicción entre la alta probabilidad de que haya otras civilizaciones en el universo y la ausencia de ninguna prueba o evidencia.
Y cuando digo “alta probabilidad” no es una forma de hablar.
Ni mucho menos.
Mucha gente de ciencia asegura que la existencia de otras civilizaciones en el universo no es nada descabellado.
Es incluso de esperar…
Casi necesario.
Y entonces volvemos a lo mismo:
¿Dónde carajo están los extraterrestres?
La respuesta no es fácil y las teorías son múltiples:
La propia inmensidad del universo que retrasa cualquier contacto…
El estar utilizando tecnologías incompatibles entre civilizaciones…
O el hecho de que los extraterrestres ya hayan estado aquí y hayan salido por patas al ver el espectáculo.
En fin… Aquí ya se entremezclan la ciencia más elevada y el frikismo más entrañable.
En cualquier caso, ya han pasado más de setenta años desde que Fermi se cabreara y seguimos igual.
O peor.
Porque el tiempo pasa.
Y seguimos muy solos…
Y muy tristes.
El tiempo pasa y la humanidad sigue erre que erre.
Con sus desmanes y sus tonterías.
Y esto es algo de lo que Fermi ya se dio cuenta en su momento.
En aquellos años trabajaba en el Proyecto Manhattan, es decir, en el desarrollo de la bomba atómica.
Y después de ver a qué dedicaba su talento y a qué estaba destinado el invento llegó a una terrible conclusión:
Toda civilización avanzada en la galaxia desarrolla con su tecnología el potencial de exterminarse.
En otras palabras:
Que si una civilización evoluciona lo suficiente no tiene nada mejor que hacer que inventarse el modo de saltar por los aires.
Te suena, ¿verdad?
Y por este motivo tan simple y tan tonto es por lo que miramos al cielo con cada vez menos fe.
Porque es posible que allí arriba ya no quede nada.
O que lo que quede, haya vuelto a las cavernas para lamerse las heridas.
Y repetir sus errores.
¿Quién sabe?
Quizá algún bicho verde de Alfa Centauri esté mirando ahora mismo a las estrellas.
Pensando en la inmensidad del universo.
E incluso sintiendo cierta soledad.
Quizá esté rodeado por un vergel.
O tal vez por un campo yermo.
Pero sea como sea, está mirando al cielo.
Y no sabe que una parte de la humanidad también sueña con él.
Y que la otra, simplemente ya no sueña.
Llorch Talavera
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