Esta historia es real, aunque no lo parezca.
Sucedió en 1.970 en las costas de Oregón, y sorprende que a día de hoy no sea mucho más conocida.
Sin duda, es una exquisita combinación de surrealismo, humor y desastre.
Un monumento a las meteduras de pata.
El 11 de noviembre de ese año apareció varado en la playa el cadáver de una ballena.
14 metros de longitud y 50 toneladas de peso… Casi nada.
En realidad se trataba de un cachalote, pero el imaginario popular siempre tuvo preferencia por las ballenas.
El caso es que el pobre animal era enorme y el olor que desprendía su cuerpo, insoportable.
El tiempo corría sin piedad y los responsables de solventar el marrón no sabía cómo hacerlo.
Discutieron y discutieron y, como ocurre en muchas ocasiones, tomaron la peor decisión:
Hacer saltar por los aires el cuerpo de la ballena.
Así sin más.
Y con dinamita.
En sus mentes privilegiadas el plan era perfecto.
El cuerpo de la ballena explotaría en mil pedacitos y prácticamente se desintegraría.
El público aplaudiría ante el espectáculo pirotécnico.
Y las gaviotas se darían un atracón sin precedentes.
Pero no.
No fue así.
Parece que se les fue un poquito la mano con los explosivos…
O que los gases intestinales del animal estaban algo revueltos.
O quizá fueron ambas cosas y otras muchas más.
El caso es que lo que iba a ser una detonación controlada se convirtió en una orgía de sangre, carne y fluidos.
Imagínatelo:
Varias explosiones desproporcionadas y la gente corriendo despavorida.
Las gaviotas sin apetito.
Y trozos enormes de ballena cayendo desde el cielo.
¡Pim!
¡Pam!
¡Pum!
Sí, así como suena.
Enormes trozos de animal aterrizando sobre el suelo, aplastando coches y aterrando a la gente.
Gotitas de lluvia roja empapando la arena de la playa.
Y un hedor aún más insoportable campando a sus anchas.
Sin duda, es uno de esos casos en los que la realidad supera a la ficción.
Y, por supuesto, la torpeza se viste de gala.
El paradigma de cómo a los seres humanos les encanta tirar de dinamita para resolver sus problemas.
E incluso para crearlos.
Quién sabe, quizá vaya en los genes…
Pero sea como sea, este bonito pasaje de terror ha quedado para la historia.
Para aprender de él.
Y partirse de risa.
¿Y por qué no?
También para llorar por las ballenas.
Y troncharse por las personas.
Porque al fin y al cabo, este mundo tan solemne tan solo es una broma.
Llorch Talavera
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