Franz Reichelt era un genio.
Y estaba loco.
Y era demasiado valiente.
Y sin duda, esta mezcla no es buena si quieres una vida larga y placentera.
Franz Reichelt se había obsesionado con su invento.
Una especie de traje paracaídas que se desplegaba al saltar al vacío.
Hasta aquí, bien.
Hasta aquí te hablo de un inventor de su tiempo.
De ese siglo XIX sacudido por la ciencia y entregado a ella sin reservas.
Sin embargo, Franz no solo tenía buenas ideas.
También las tenía malas.
Y muchas.
E incluso llegó a tener la peor de todas…
La de probar el invento consigo mismo.
Ya había realizado varias pruebas con maniquís y pesos muertos.
Unas salían bien.
Y otras, no tanto.
Pero él estaba convencido de la genialidad de su paracaídas.
De que el problema estaba en el estatismo de los maniquís.
En la tozudez de esos muñecos que se negaban a desplegar los brazos.
Y así llegó el 4 de febrero de 1912.
—Fecha triste y gloriosa—
El día en que Franz Reichelt trepó a la Torre Eiffel para poner fin a tanta incertidumbre.
Ya te lo he dicho antes.
Franz era un genio.
Pero estaba loco.
Y era demasiado valiente…
Ahora imagínatelo allí arriba.
Encaramado a la barandilla.
Mirando hacia abajo mientras el viento sacude su traje paracaídas.
Con el sudor frío.
Y el corazón a toda velocidad.
Sorprendido por lo diferente que parece todo a esa altura.
Por lo lejos que se encuentra el suelo.
Allí abajo lo esperan un puñado de curiosos.
Y junto a ellos, el puñetazo en la mesa de que no está equivocado.
Pero a pesar de todo, él tiene miedo.
Y vacila como un niño asustado.
Sin atreverse a dar el paso definitivo.
Cuesta imaginar lo que le pasaría por la cabeza en ese momento.
Arrepentimiento…
Excitación…
Tal vez miedo y euforia.
En definitiva, la eterna duda de saltar o rendirse.
Pero ya te lo he dicho antes.
Franz era un genio.
Y estaba loco.
Y era demasiado valiente…
Así que finalmente se olvidó de todo.
Dejó sus dudas a un lado y se arrojó al vacío.
Ya libre de ataduras.
Sin miedo ni temores.
Quizá con esperanza.
La caída apenas duró un instante.
Y el golpe fue terrible.
La gente se amontonó alrededor del cadáver.
Como quien contempla el cuerpo inerte de una profecía.
No estaban sorprendidos.
Ni tampoco aterrados.
Les embargaba una mezcla de lástima y admiración.
Un sentimiento de amor y rechazo.
Franz Reichelt había muerto.
Pero al mismo tiempo se había hecho inmortal.
Gracias a la valentía y la ingenuidad.
A su pasión y su torpeza…
Gracias, al fin y al cabo, a su bendita humanidad.
Llorch Talavera
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