Pobre pájaro dodo.


Lo fulminaron en unas pocas décadas.


Allá por el siglo XVII cuando la Isla de Mauricio fue tomada por los portugueses.


Imagínatelo:


El pobre pájaro observando desde lo alto de un monte cómo llegaban las barcas a su playa favorita.


Y cómo se bajaban de ellas un puñado de hombres rudos y barbudos, pertrechados con rifles.


Y todo esto, sin saber la que se le venía encima…


Lo fulminaron.


Sin piedad.


Porque era gordo y torpón.


Y no sabía volar.


Y era muy lento.


Y lo peor de todo… No se podía imaginar que nadie quisiera hacerle daño.


Apenas opuso resistencia.


No sabía cómo hacerlo.


Agachó la cabeza cuando se enteró de que «dodo» era «estúpido» en portugués.


Y poco más pudo hacer cuando comprendió que sus amigos ya no volverían.


El pobre pájaro anduvo algunos años más por la isla, pero ya nada fue igual.


Estaba solo.


Y tan solo podía esconderse cuando escuchaba un ruido detrás de él.


Se echaba a temblar en la oscuridad y contaba hasta cien aguantando la respiración.


Y así sucedía un día tras otro.


Sin descanso... Y sin esperanza.


De vez en cuando aún subía al monte, pero todo había cambiado.


Ya solo veía barcos y hombres hambrientos.


Entornaba los ojos y recordaba cuando todo era diferente.


Cuando no estaba solo.


Y cuando el sol coloreaba sus párpados y la brisa agitaba sus plumas.


El pájaro dodo fue fulminado en unas pocas décadas.


Por el hambre humana.


Y la codicia universal.


Y él tan solo pudo despedirse con una sonrisa extraña.


La del que no quiero irse, pero no entiende nada…


El pájaro dodo fue fulminado.


Eso está claro.


Pero aún así, él sigue subiendo al monte de vez en cuando.


Lo hace solo, pero lo sigue haciendo.


Llorch Talavera


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